El ciclo de las tres formas posibles de Estado
Amberes, lunes 13 de julio de 2026 • Día 22

Voy a hacer un experimento. Voy a adelantar aquí uno de los pasajes más llamativos de la novela de Pfeijffer. El personaje de Protágoras, como ya comenté el otro día, expone la teoría del ciclo de las tres formas posibles de Estado. En realidad, según explica el autor en las fuentes, no hay ningún indicio de que el Protágoras histórico defendiera esta teoría, por lo que el hecho de que su personaje diserte sobre ella es uno de los elementos de ficción de la novela. Sin embargo, la teoría tiene fundamento histórico y está basada en las Historias de Polibio, que a su vez se basó parcialmente en el Político de Platón y la Política de Aristóteles. Cuando la explicación llega a la democracia —y he ahí el quid de la cuestión—, resulta aterradoramente fiel al momento en que se encuentran ahora mismo las democracias occidentales.
El experimento consiste en hacer público un borrador todavía muy embrionario de un fragmento bastante largo de la novela que tiene entidad propia y se puede leer como un ensayo. Quedará aquí como una fotografía de su estado a día de hoy, expuesto a potenciales comentarios positivos o negativos del contenido o la traducción.
—Sólo hay tres formas posibles de Estado—empezó Protágoras—, pues la responsabilidad de gobierno se puede confiar a una sola persona, a un grupo de personas o al pueblo entero. Otras alternativas no hay, porque, o bien se excluye del poder a todo el mundo menos a una persona, o bien una parte de la población excluye a otra, o bien no se excluye a nadie.
»No debe pensarse que una de estas tres formas de Estado es por definición mejor o peor que las otras dos, pero las tres tienen una variante positiva y una variante negativa. La variante positiva se caracteriza en los tres casos por el sentido de la responsabilidad de aquel o aquellos que detentan el poder y un genuino afán de servir al interés general, mientras que la variante negativa de las tres posibles formas de Estado se manifiesta cuando el interés personal prevalece sobre el interés público y los gobernantes muestran mayor preocupación por exigir derechos que por cumplir con sus obligaciones.
»Monarquía es como llamamos al gobierno de una sola persona mientras el gobernante muestre sentido de la responsabilidad y del deber y sirva a los intereses del Estado. Pero tan pronto como el monarca empieza a dedicar más esfuerzos a favorecer sus propios intereses y satisfacer sus necesidades personales, hablamos de tiranía. El gobierno de un grupo de personas privilegiadas recibe el nombre de aristocracia mientras dicho grupo esté compuesto por los dirigentes más aptos y mejor preparados y su prioridad sea el interés general. Cuando ese grupo de gobernantes empieza a mostrar más preocupación por ampliar sus privilegios que por la causa pública, la aristocracia degenera en oligarquía. Por último, el autogobierno de todos los ciudadanos es lo que llamamos democracia. Pero la democracia también tiene una variante negativa que se manifiesta cuando el pueblo deja de considerar la democracia como una institución concebida para facilitar el cumplimiento de sus obligaciones para con el interés general, y empieza a hacer uso indebido de su posición legal para reclamar derechos individuales. En esas circunstancias, los políticos empiezan a perfilarse como representantes de derechos parciales y, puesto que sitúan sus intereses personales por encima de los intereses del Estado, se dejan llevar por la opinión pública en vez de defender una visión política concreta. Esta variante negativa de la democracia se denomina oclocracia, la dictadura de las masas.
»Esas tres formas de Estado se suceden en un ciclo continuo. La aparición de la variante negativa del sistema de gobierno en vigor es un síntoma de crisis que anuncia y hace necesaria la transición a la siguiente forma de Estado. Esa rotación de formas de Estado es un proceso natural.
»Si partimos de una sociedad primitiva, no es difícil imaginar cómo funciona el proceso. El ser humano es un animal débil. Un individuo, por sí mismo, tiene pocas probabilidades de hacer frente con éxito a los peligros de la naturaleza indómita. Para sobrevivir, las personas se organizan en grupos que ofrecen protección contra los animales salvajes y las tribus enemigas. Dado que la seguridad colectiva es el objetivo prioritario de estas formas de organización social, parece lógico que se designe y se acepte como líder a aquel individuo que se distinga de los demás por su fuerza, su valor y su inteligencia, pues será él quien ofrezca la mayor garantía de seguridad para el grupo.
»A medida que la sociedad evoluciona, el liderazgo pasa a ser hereditario, pues resulta comprensible la expectativa de que los hijos de un buen líder, dado su linaje y su formación, muestren cualidades similares a las del padre. Así es como aparece la monarquía. Los primeros monarcas se esforzarán por mejorar la seguridad de su pueblo y su territorio reforzando su ejército y construyendo castillos, fortificaciones y murallas, pues todo ello redunda también en su propio beneficio. Por el mismo motivo, además, tratarán de organizar el Estado de la forma más óptima para sus objetivos. Pero tarde o temprano heredará la corona un descendiente que no verá la necesidad de seguir esforzándose por el interés general, pues sus antecesores ya proveyeron seguridad y estabilidad y no hay nada que amenace su posición en el trono. El nuevo monarca dejará entonces de ver su cargo como una obligación para con la sociedad y empezará a hacer uso indebido de su poder para satisfacer caprichos personales cada vez más extravagantes. En ese momento, la monarquía degenera en una tiranía.
»La tiranía genera rechazo. Lo natural es que un grupo de ciudadanos eminentes con sentido de la responsabilidad organicen la resistencia. Una vez que los rebeldes consiguen derrocar al tirano, nadie pondrá en duda su derecho a hacerse con las riendas del Estado. De ese modo, la monarquía, tras degenerar en una tiranía, da paso a una aristocracia. La primera generación de aristócratas tendrá una clara voluntad de servir al interés general con gran sentido de la responsabilidad política, pues hay que reparar los daños causados por el tirano a la causa pública y el recuerdo de sus abusos todavía está muy fresco en la memoria. Pero llegará un día en que ascenderá al poder una generación que ya no tiene ese recuerdo y, al verse al mando de un Estado funcional y bien conservado, no sentirá de forma tan intensa la urgencia de servir al interés público, de modo que empezará a utilizar sus privilegios para enriquecerse y oprimir al pueblo. En ese momento, la aristocracia degenera en una oligarquía.
»Una vez consolidada la oligarquía, la resistencia sólo puede venir del pueblo, que tarde o temprano acabará atando corto a los oligarcas corruptos e instaurará una democracia. Del mismo modo que en las transiciones anteriores, la primera generación de dirigentes elegidos democráticamente se tomará muy en serio su tarea de reparar los daños sufridos por el Estado. Durante algunas generaciones, los demócratas actuarán con responsabilidad y, puesto que padecieron en sus propias carnes los abusos del régimen anterior, serán muy conscientes de la importancia de defender la causa pública.
»Pero la democracia no es el último destino de la humanidad. Al contrario de lo que pueda estar inclinado a pensar quien vive en este momento en la orgullosa ciudad de Atenas, la democracia no es más que una fase transitoria en el ciclo natural de las formas de Estado. La democracia también entrará con toda seguridad en decadencia, pues, al igual que en el caso de las transiciones anteriores, llegará un día en que ascienda al poder una generación que ya habrá olvidado la sangre y las lágrimas que hubo que derramar para acabar con otras formas de Estado y dará por sentado el privilegio que supone vivir en democracia.
»Del mismo modo que ocurrió con los anteriores periodos de transición, las nuevas generaciones interpretarán la democracia cada vez más como un salvoconducto para perseguir sus propios intereses. Los principios fundamentales de la democracia, concebidos originalmente para servir a la causa pública, dejarán de verse como un privilegio y empezarán a usarse para reclamar derechos individuales. El pueblo exigirá cada vez más a cambio de menos. Los políticos, puesto que su poder depende del beneplácito del pueblo, harán todo lo posible por agitar sentimientos de indignación para presentarse a continuación como los grandes adalides de los valores traicionados y las oportunidades perdidas.
»Y puesto que la primera preocupación de los políticos ya no es el interés común y ahora lo que quieren es ganar cuotas de influencia y poder para servir a sus intereses personales, dejarán de desarrollar programas y políticas en beneficio del conjunto de la sociedad y empezarán a concentrar toda su energía en obtener el favor del pueblo, de tal modo que el rumbo político del Estado queda al arbitrio de los caprichos de la opinión pública. En ese momento, la democracia degenera en oclocracia, la dictadura de las masas.
»La oclocracia es una fase de crisis caracterizada por la volatilidad del clima político, la desconfianza en el gobierno y las instituciones, los escándalos diarios que agudizan dicho recelo, la ineficiencia de la administración pública y la incapacidad de los políticos de trascender la actualidad con visiones de futuro y estrategias a largo plazo. Llegados a este punto, la única salida a la crisis es entregarle el poder a un hombre fuerte, solución por la que el pueblo empezará a clamar cada vez más fuerte. Y así, del mismo modo que cayeron las demás formas de Estado, la democracia caerá también tras degenerar en oclocracia, en este caso derribada por el propio pueblo, que a continuación pondrá el poder en manos de un solo hombre, cerrando así el círculo para que todo empiece de nuevo.
Así habló Protágoras.
(Fragmento de Alcibíades, de Ilja Leonard Pfeijffer. Primer borrador de la traducción.)
Ha sido otro día largo. Cuando miro el camino que me falta por recorrer y tomo conciencia de que aún estoy en las primeras rampas de una enorme montaña, me da vueltas la cabeza, por lo que trato de concentrarme en el aquí y ahora. En los pocos huecos libres que tengo cada día leo a Joke van Leeuwen, charlo con Jon —mi compañero actual en la Casa del Traductor— y hago ejercicio. O subo a la azotea a tomar el sol, como hoy cuando he dado la jornada por terminada.
Gonzalo Fernández Gómez