El silencio de una isla
Terschelling, martes 4 de agosto de 2026 • Día 44

Michele se ha encerrado en la habitación del hotel para su clase de español en línea y yo me he bajado a la recepción a trabajar un poco.
Hoy hemos hecho la primera etapa del Walk of Grief, una ruta de senderismo de cinco días por Terschelling basada en un libro que está traduciendo Michele al inglés.
Por el camino, hay momentos en que el silencio es abrumador. Sólo se oye la brisa y el rumor del mar a lo lejos, reducido a una vibración casi imperceptible. Terschelling es cualquier cosa menos una isla del Mediterráneo y el mar del Norte es muy distinto del Egeo, pero no deja de ser una isla lo bastante pequeña como para estar en contacto casi continuo con el mar y lo bastante poco poblada como para tener muchas veces a lo largo del día la sensación de que te encuentras en otra época menos masificada que la nuestra. En esos momentos trato de trasladarme a la mente de un griego del siglo V a. de C. y, sinceramente, la única conclusión a la que llego es que la distancia en el espacio y en el tiempo es demasiado grande como para hacernos una idea ni remotamente aproximada de cómo percibían el mundo o con qué expectativas, miedos o ilusiones se embarcaban en un trirreme para cruzar un mar a merced de Poseidón rumbo a una batalla por la gloria de, según el caso, Atenas o Esparta.
¿Será ese el motivo por el que resulta tan fascinante viajar al pasado a través de la literatura? ¿Será porque, cuando una novela histórica está lo bastante bien tejida —como es el caso de Alcibíades— llegamos a olvidar por unas horas el hecho de que es imposible mirar el mundo a través de otro prisma que no sea el de nuestro tiempo y vivimos en la fantasía de creer que entendemos los valores y costumbres de hombres y mujeres de otros tiempos?
Gonzalo Fernández Gómez