Misantropía
Amberes, sábado 4 de julio de 2026 • Día 13
Mi espacio de trabajo en la Casa del Traductor de Amberes da a Steenbokstraat, una calle estrecha del barrio de Zurenborg. Esta tarde, en la acera de enfrente, un imbécil ha estado toda la tarde poniendo música horrísona a volumen de discoteca. Digo un imbécil porque no me cabe la menor duda de que se trata de un hombre. Siempre son hombres necesitados de atención los que hacen esas mamarrachadas. No falla.
En todas partes del mundo encuentra uno ejemplares de esa subespecie de seres huecos con serrín en la mollera. Y todos, casualmente, tienen pésimo gusto musical. Todos silencian su única neurona con un bum-bum-bum espasmódico que, por no tener, no tiene ni variación rítmica. No digamos ya melodía.
Cuando consigo localizar el origen del terrorismo sonoro, suelo ir inmediatamente a pedir explicaciones, lo cual ha dado lugar a anécdotas muy curiosas a lo largo de mi vida. Una de ellas, tal vez la mejor de todas, precisamente aquí, en la Casa del Traductor de Amberes, hace ya algunos años. Pero esa es otra historia que tal vez habría que contar en otro momento. Hoy, sin embargo, no he podido hacer nada, porque no sabía de dónde venía la música y no tenía ganas de salir a la calle a montar un numerito.
En fin... el caso es que el niñato del chunda-chunda me ha dado la tarde.
Hay días en que es difícil mantener a raya la misantropía que hierve en mi interior esperando la ocasión de salir a chorro en forma de lava volcánica.
Gonzalo Fernández Gómez