06 JUL 2026

El incidente del gas en la Casa del Traductor de Amberes

Amberes, lunes 6 de julio de 2026 • Día 15

El incidente del gas en la Casa del Traductor de Amberes


Quien haya leído alguna entrada de este blog/diario, es posible que sepa que estoy en la Casa del Traductor de Amberes trabajando en Alcibíades (proyecto de traducción que constituye el tema central del diario), y tal vez sepa también que llevamos más de dos semanas a base de duchas de agua fría, porque una tarde se presentaron aquí los bomberos y nos cortaron el gas sine die. Como la cosa amenaza con alargarse más tiempo del razonable, mañana van a venir a instalarnos una caldera eléctrica a modo de solución provisional, para que al menos tengamos agua caliente. Ha llegado el momento, pues, de contar qué demonios pasa en esta casa con el gas.

Pero antes de relatar la anécdota, tal vez debería explicar qué es eso de la Casa del Traductor de Amberes. Muchos traductores estarán familiarizados con el concepto de «Casa del Traductor», pero algunos tal vez no, y quien no tenga nada que ver con el mundo de la traducción probablemente no entienda nada.

La Casa del Traductor de Amberes es un apartamento con dos dormitorios equipados con todo lo necesario para que dos traductores del neerlandés a cualquier otra lengua puedan trabajar con toda calma en el proyecto que tengan entre manos. Al menos, si los vecinos se comportan un poco, lo cual no siempre es el caso. El apartamento está en un edificio espectacular del barrio de Zurenborg construido entre 1922 y 1925 por el arquitecto François Van Rompaey (la foto es mía). Yo diría que tiene reminiscencias del Flatiron de Nueva York, aunque no sé con certeza si Van Rompaey conocía el famoso edificio triangular de la Gran Manzana. La gestión del apartamento corre por cuenta de Flanders Literature, fundación cuya principal misión es la promoción de la literatura de Flandes.

Bien, pues una vez descrito el contexto, pasemos a la anécdota del gas. El incidente tuvo lugar el miércoles 17 de junio, pasado mañana hará tres semanas. Eran cerca de las nueve y media de la tarde. Lo sé porque tengo una foto que saqué dentro de la ambulancia a las 21.41 h. Yo estaba todavía sentado a mi escritorio, haciendo algo en el ordenador, pero ya en pijama, cenado y con los dientes lavados, listo para tumbarme en la cama a leer, como hago la mayoría de los días a esa hora. No voy a justificar ni a explicar mis horarios. Doy por sabido el hecho de que en todo el mundo civilizado, salvo en España, la comida principal del día se hace entre las seis y las siete de la tarde y, pasadas las ocho o las nueve, la gente ya está en pantuflas con todas las tareas del día cumplidas.

El caso es que de pronto empezaron a oírse sirenas en el barrio, lo cual, en principio, no tiene nada de alarmante, porque a dos calles de aquí hay una vía principal que debe de conducir a un hospital o algo así y el ruido de sirenas, sobre todo cuando cae la tarde, es casi diario. Pero esta vez no era una única sirena que se acerca, alcanza un pico de volumen y se aleja progresivamente como manda el efecto Doppler, sino muchas, muy cercanas e inmóviles.

En el edificio de enfrente vi que empezaba a asomarse gente a las ventanas, pero yo no me molesté en levantarme a mirar. Lo único que estaban consiguiendo las sirenas era irritarme, de modo que me puse tapones y seguí a lo mío.

Al cabo de unos diez minutos, oí ruido en la puerta del apartamento. Lo primero que pensé fue que mi compañera de piso —que en aquel momento era la traductora polaca Alicja Oczko— tenía visita, lo cual me pareció sumamente inapropiado. En un apartamento compartido no está bien recibir visita sin avisar antes, y mucho menos a esas horas. Pero el ruido fue en aumento y, a pesar de los tapones, empecé a oír claramente voces y pisadas como de botas militares en el vestíbulo. Alarmado, salí al pasillo y me topé con tres bomberos con casco, mascarilla de gas y todo tipo de aparatos de medición. Aquello sólo podía significar que había estallado la guerra. Sin darme ninguna explicación, me dijeron que tenía que abandonar el edificio inmediatamente. Sólo tuve tiempo de agarrar las llaves y el teléfono y decirles atropelladamente que en la habitación del fondo había otra persona —la traductora polaca— a quien sacaron también a empellones de la casa.

Dos minutos después estábamos en la calle en pijama, rodeados de bomberos, policías y ambulancias, como si hubiéramos ido a parar a una escena de una película apocalíptica. Una enfermera no hacía más que preguntarme si me sentía mareado y yo le contestaba que sí, pero que probablemente era por la conmoción de verme en la calle en pijama sin saber lo que estaba pasando, cuando sólo dos minutos antes me estaba preparando para tumbarme en la cama a leer tranquilamente.

El motivo del jaleo era que habían detectado un escape de monóxido de carbono. No voy a entrar en detalles técnicos, porque esto se haría muy aburrido, pero en el atestado de la policía que recibimos tres o cuatro días después ponía que se habían medido niveles «muy elevados de monóxido de carbono» en nuestro apartamento y el de arriba.

Lo primero que hicieron fue ponernos una mascarilla de oxígeno y meternos en una ambulancia para llevarnos al hospital, donde nos hicieron con toda urgencia un análisis de sangre en el que no encontraron nada preocupante. Al cabo de una hora y media, poco más o menos, nos dijeron que podíamos volver a casa, o adonde fuera que pudiéramos pasar la noche, porque en ese momento no sabíamos si los bomberos habían levantado el precinto del edificio. Pero no tardamos en enterarnos, a través de la inmobiliaria, de que el peligro ya había pasado y que, por si las moscas, los bomberos habían cortado el gas en toda la escalera. Esa noche dormimos con puertas y ventanas abiertas de par en par, y a los dos nos costó conciliar el sueño. Porque, después de lo que había pasado, ¿quién nos aseguraba que volveríamos a despertar?

Al día siguiente nos ofrecieron la posibilidad de irnos a un hotel, pero, ahora que habían cortado el gas y, por lo tanto, no había peligro, los dos optamos por quedarnos en la Casa del Traductor. Mudarnos suponía perder un día de trabajo y en un hotel, además, no dispones de cocina, lo cual complica el tema de las comidas. Yo no estoy aquí de vacaciones. Estoy en Amberes para sacar adelante la mayor cantidad de trabajo posible y no hace falta que explique lo poco práctico que sería meterme en un hotel.

De modo que la única alternativa era aceptar las duchas de agua fría y las comidas de microondas, confiando en que no tardaran mucho en arreglar la avería. Al cabo de una semana abrieron de nuevo el gas de la cocina, pues el problema está en la caldera, que sólo afecta a la calefacción y el agua caliente. La calefacción, en esta época del año, no es necesaria en Amberes, por lo que las molestias, en la práctica, se limitan a las duchas de agua fría.

Durante la primera semana, el asunto generó una auténtica avalancha de correos electrónicos, llamadas de teléfono, visitas de fontaneros y cientos de interrupciones. Mucha fricción, a fin de cuentas, tema del que ya hablé el otro día.

Hoy ha sido una jornada de descanso. Lo cual, en las circunstancias actuales, quiere decir que me he dedicado a hacer compras, poner lavadoras y organizarme para otra semana de trabajo sin tregua.

También he ido al cine. He visto Backrooms. Al salir me he topado con una manifestación pro Palestina y me he unido un rato al grupo.

Gonzalo Fernández Gómez

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