Acrópolis sin mayúscula
Amberes, domingo 19 de julio de 2026 • Día 28
Voy a hacer aquí un brevísimo apunte sobre una cuestión que está empezando a abrumarme y que sospecho que va a traer mucha cola durante el proceso de revisión.
Uno de los mayores retos de traducir una novela como Alcibíades es la unificación de criterios léxicos y ortotipográficos. Son decenas, tal vez cientos, las pequeñas cuestiones que requieren adoptar un criterio que no siempre va a ser fácil de definir y sobre las que tengo que ir tomando notas para no perder de vista los vínculos internos del texto.
Para que se entienda de qué estoy hablando, un caso muy sencillo es, por ejemplo, el uso del término «acrópolis». La novela tiene forma de supuesta autobiografía escrita a finales del siglo V a. de C. En aquella época, para los griegos, el término «acrópolis» designaba sencillamente la parte alta de la ciudad, sin el valor monumental que se le da hoy en día, especialmente a la Acrópolis de Atenas (valor monumental que justifica la mayúscula). Para Alcibíades, que es el autor del texto, la acrópolis no tenía ese valor y, por lo tanto, sería un anacronismo e incluso un error conceptual escribir acrópolis con mayúscula en esta novela.
Ese caso, por lo que a mí respecta, ya está resuelto. Pero, como decía, es uno de los más sencillos.
Un poco más problemáticos son los términos «estratego» (un cargo concreto en el ejército de la Atenas clásica) y «estratega» (persona versada en estrategia). En holandés es strateeg en ambos casos y el autor los utiliza sin necesidad de hacer distinción, pues el sentido que le da en cada caso a la palabra se desprende siempre del contexto. En castellano, sin embargo, me está generando confusión utilizar «estratego» y «estratega» con sentidos distintos, y creo que también le va a generar confusión al lector, por lo que aún no sé qué hacer.
También está, por poner otro ejemplo, el tema de las cursivas. Si nos ceñimos a la ortodoxia ortográfica, términos griegos como kílix (o cílica o cílice) deberían ir en cursiva por ser extranjerismos no asimilados. Pero en el caso concreto de esta novela, marcarlos con cursiva sería llamar la atención precisamente sobre aquellos términos que designan los objetos más cotidianos para Alcibíades, términos que para él, conceptualmente, no requerirían ir marcados en cursiva.
Pero también sería admisible la cursiva si entendemos la edición en castellano como una «traducción» ortodoxa de un supuesto original griego escrito por Alcibíades.
El problema con estas cosas es que, en una novela tan larga, a veces hay casos que justifican dos criterios distintos para un mismo problema, lo cual puede conducir a un laberinto mental en el que uno ya no sabe distinguir arriba de abajo ni derecha de izquierda.
Si no tiro la toalla antes y sigo con este diario, me temo que este va a ser uno de los temas recurrentes.
Continuará, pues.
Gonzalo Fernández Gómez