Ciudadanos de Atenas
Haarlem, lunes 29 de junio de 2026 • Día 8
Parece de coña, pero no lo es. Ahora resulta que tampoco tengo gas en mi propia casa. Llevamos todo el día con obreros en danza —en el plazo de seis horas han pasado por aquí dos albañiles, un carpintero, un cerrajero— y, entre otras muchas tareas, han quitado dos radiadores que molestaban donde estaban. Uno de los albañiles, un brasileño, me ha contado una batalla en portugués de la que me había parecido colegir que para desmontar los radiadores tenía que apagar la caldera (lógico), pero que antes de irse volvería a encenderla para que tuviéramos agua caliente.
Pues bien, cuando se ha ido todo el mundo me he metido en el baño a darme una ducha y, para mi enorme sorpresa, he comprobado que no hay agua caliente. La caldera da un mensaje de error y no me atrevo a tocar nada porque mañana tienen que volver a rematar el asunto de los radiadores y vaya usted a saber si hay por ahí algún conducto de gas o de agua abierto.
Y todo esto después de recibir un mensaje de la coordinadora de la Casa del Traductor de Amberes para ponerme al día sobre el tema del gas allí, que está adquiriendo las dimensiones de un auténtico culebrón. Voy a tener que acabar contando cómo empezó este asunto, porque la anécdota tiene gracia y está empezando a cobrar vida propia.
El agua fría me persigue. Se está convirtiendo en la constante del verano. Otro ejemplo de fricción, el tema del que hablaba ayer.
Pero en fin, hoy quería escribir sobre lo que ocurre en la cabeza del traductor cuando, por circunstancias —o, dicho de otra forma, por efecto de la inevitable fricción con que transcurren los asuntos de la vida—, se ve obligado a aparcar su proyecto durante unos días, como es mi caso desde el pasado viernes. Quien haya traducido una novela de cierta enjundia —especialmente cuando se trata de un autor o de una historia con los que siente afinidad— sabe que el libro se acaba agarrando a tus entrañas como un alien y ya no te suelta hasta que pones el último punto. Dudas y pensamientos de todo pelaje te asaltan en los momentos más peregrinos del día o de la noche.
Hoy, mientras estaba montando mi nuevo escritorio —tarea que forma parte del follón que tenemos ahora mismo en casa—, me ha venido a la cabeza la frase con la que empieza el «Libro I» de Alcibíades. O, mejor dicho, la fórmula de apertura de la larga epístola que dirige Alcibíades a sus compatriotas para justificar sus actos a lo largo de la Guerra del Peloponeso.
«Mannen van Athene», dice el original. Traducido literalmente: «Hombres de Atenas». Esa fórmula, sin embargo, resulta muy antinatural en castellano. Pfeijffer quiere hacer hincapié en el hecho de que Alcibíades se dirige exclusivamente a los hombres, pues las mujeres no tenían derechos de ciudadanía. Sin embargo, no todos los hombres tenían derechos de ciudadanía. Los esclavos, los metecos (extranjeros establecidos en la polis) y los libertos (antiguos esclavos) tampoco tenían derechos. Alcibíades se dirige únicamente a los hombres con derecho a voto, que son quienes han ejercido y pueden seguir ejerciendo influencia en su destino.
Para empezar su discurso, por tanto, sería más precisa la fórmula: «Ciudadanos de Atenas», entendiendo por ciudadanos únicamente a los hombres con derechos de ciudadanía, y no en el sentido que le daríamos hoy en día a ese término.
Esa fue la traducción por la que opté desde el primer momento, lo cual hice con tal convicción que di el tema inmediatamente por zanjado. Pero hoy, el alien que llevo agarrado a las vísceras en forma de novela de 943 páginas se ha revuelto en el momento más inesperado y me ha hecho dudar. ¿Y si la fórmula «hombres de Atenas» no fuera una invención de Pfeijffer, sino la forma en que se dirigían los oradores atenienses a su público en la asamblea? ¿Está registrada esa o alguna otra fórmula en alguna fuente? ¿Cómo inició Pericles su famoso discurso fúnebre tras el primer año de la guerra?
Y una vez que surge la duda, ya no puedes descansar hasta que encuentras la respuesta.
No os hagáis traductores. Es la vía más rápida para volverse loco.
Gonzalo Fernández Gómez