27 JUL 2026

El perro de Alcibíades

Amberes, lunes 27 de julio de 2026 • Día 36



En el capítulo tercero del Libro III, Pfeijffer cuenta la famosa anécdota del perro de Alcibíades, y lo hace de un modo muy ingenioso. Para explicar el principio de que lo importante es que hablen de ti, aunque hablen mal, el autor mezcla dos de los datos biográficos más conocidos de Alcibíades, a saber: su dislalia y el asunto del perro.

La dislalia de Alcibíades consistía en que no era capaz de pronunciar bien la erre, que le salía como una ele. Cuando quería decir «roca», decía «loca». Tras fracasar en su intento de disimular su defecto, Alcibíades decide empezar a exagerarlo, convirtiendo así una debilidad en una fuerza. Y aunque esa voluntad de exagerar su defecto es un dato inventado por Pfeijffer, resulta muy plausible que así fuera y que, además, la idea le hubiera surgido a raíz del incidente con el perro, que Pfeijffer, a través de la pluma de Alcibíades, cuenta en estos términos:

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Contexto, para quien no esté al tanto de ello: la novela «Alcibíades» de Ilja Leonard Pfeijffer está escrita a modo de larguísima carta autobiográfica dirigida a los ciudadanos de Atenas el año de la muerte de Alcibíades, aunque él todavía no sabe que le queda poco tiempo de vida. Quien escribe, por tanto, es el propio Alcibíades, y sus lectores son los ciudadanos de Atenas (entendiendo por ciudadanos exclusivamente hombres con derecho a voto, excluidas todas las mujeres, los niños y los esclavos).

Por aquella época tuvo lugar también el incidente de mi perro. Puede que algunos de vosotros recordéis que me había comprado un fabuloso perro de raza. Disfrutaba a lo grande dejándome ver por las calles de Atenas en compañía de aquel animal noble de agilidad asombrosa, con su pelaje sedoso de color cobrizo y su majestuosa cola. Me costó la nada despreciable suma de siete mil dracmas. Más de un talento. Era un ejemplar único de curiosidad insaciable y apetito exacerbado, lo cual casi le costó la vida. No había forma de evitar que se colara en la cocina. Un día, en su entusiasmo por los apetitosos efluvios que de allí salían, se acercó demasiado al fogón y su espléndida cola, que no se estaba nunca quieta, prendió fuego. Por suerte, mi cocinero reaccionó rápido y extinguió las llamas a tiempo, con lo cual le salvó la vida, pero el rabo ya estaba abrasado por completo. No me quedó más remedio que cortárselo. La gente empezó entonces a preguntarme indignada cómo había podido ser tan cruel de cortarle al perro aquella cola tan excepcional, hasta que un día me harté y empecé a decir que lo había hecho por motivos políticos. Les di a los atenienses un rabo de perro sobre el que chismear para que no chismearan sobre el resto de mis actos.

La principal fuente histórica de la anécdota del perro es Plutarco. Lo que inventa Pfeijffer es el tema de la cocina y el hecho de que fuera el propio Alcibíades quien difunde voluntariamente el rumor de haberle cortado el rabo al perro sin otro motivo que la notoriedad. Lo cual, por lo demás, es uno de los rasgos de la personalidad de Alcibíades que mejor explota Pfeijffer en la novela. Pero dejémoslo ahí, porque esto es un diario del proceso de traducción y no se trata de destripar el libro.

Como ya he dicho en alguna otra ocasión, todos los fragmentos de la novela publicados aquí a modo de muestra son borradores embrionarios sujetos a todo tipo de cambios durante el proceso de revisión.

Hoy empieza la cuenta atrás de mi estancia en la Casa del Traductor de Amberes. Esta es mi última semana. El domingo recojo los bártulos y vuelvo a casa, aunque por poco tiempo, porque la semana que viene me voy a Terschelling para unas breves pero muy deseadas vacaciones.

Gonzalo Fernández Gómez

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